Antecedentes de la educación preescolar en México


El primer intento de atención a niños pequeños se presentó en el pueblo de Ban-de-la Roche en 1769, cuando un pastor protestante de apellido Oberlín se preocupó por el cuidado, atención y educación de ellos, dando su cuidado a señoras grotescas llamadas celadoras, quienes se encargaban de cuidar a los pequeños dentro de un local muy amplio.

Oberlín buscó otras alternativas de atención para esos niños, contratando a mujeres inteligentes que llamó “conductoras de la más tierna infancia”. Con Oberlín colaboraron miembros de su familia, su esposa Madame Oberlín, Sara Bauzet y Luisa Scheppler.

Su esposa era una mujer preparada y abnegada, hija de un maestro y madre de 9 hijos, secundó con entusiasmo la idea que realizara su esposo, formando con sus conocimientos muy buenas educadoras, colaboró con él durante 5 años. Luisa Scheppler, quien trabajara durante 45 años, poseía muchas cualidades: bondadosa, activa, desinteresada; recibió una condecoración de la academia francesa en 1829, como reconocimiento a su labor; sostuvo siempre que el “amor es el eterno fundamento de la educación y que todos los momentos del día, desde la primera hasta la última hora, los niños deben leer nuestro frente y leer nuestros labios que nuestro corazón es de ellos, que su alegría es nuestra alegría, que sus goces son nuestros goces”1. Señaló que desde el primer momento en que la madre lleva a su hijo en sus brazos acercándole a sus sentidos los objetos que la naturaleza le presenta diseminados, legados y confusos, se pretendía dejar a los niños que aprendieran por sí mismos hasta donde sea posible.

Con el paso del tiempo se fueron transformando las instituciones creadas por Oberlín, los niños estaban bajo el cuidado y dirección maternal, jugaban, recortaban estampas, cantaban, dibujaban, se hablaba de la naturaleza y hacían excursiones donde adquirían conocimientos.

Oberlín sentó las siguientes bases para la educación de los niños.

En primer lugar, consideraba que “para conocer al niño hay que observarlo largamente, sobre todo en su actividad espontánea, solo así la educadora llegará a distinguir sus formas propias de sentir, pensar y de actuar, a conocer sus capacidades y tendencias. En segundo lugar, para conocerlo la educadora deberá comprender que ella solo es la colaboradora de la naturaleza, interviniendo lo menos posible cerca de los niños”2.

Otro acontecimiento importante se presentó en 1775, con el pedágogo suizo Enrique Pestalozzi, al recibir en su casa a 50 niños abandonados a quienes sirvió de padre y educador. Posteriormente, en 1798, estableció en Stanz un asilo para niños pobres atendiendo él solo a 80 de ellos.

Lentamente fue transformándose la idea de educar a los niños. Las salas de asilo creadas para atender a la gente pobre en Francia, en 1827, fueron convertidas en escuelas de párvulos. Las salas de asilo fueron un abrigo para los niños al contar con un lugar que los cobijara, los vigilara y los educara. Estas instituciones fueron fundadas por Dionisio Cochín, alcalde de un pueblo, colaboró significativamente con él la señora Millet. En estas instituciones se recibía una gran cantidad de niños teniendo la necesidad de ubicarlos en lugares muy amplios y proporcionarles una serie de actividades que los mantuviera ocupados.

Con el afán de organizar el trabajo se elaboró un “Manual de salas de asilo”.

La organización del aula se realizaba colocando tablas en la pared y en el fondo del salón, gradas donde se sentaban los niños a escuchar a la maestra, la cual se dirigía a todos los que asistían siendo estos de diferentes edades. Esta situación ocasionó que se indisciplinaran, recurriendo a aplicar palmadas y al uso de un silbato para la obediencia. Por esta situación se contrató a una mujer encargada específicamente de mantener el orden. Este trabajo se hizo muy pesado para ellas recurriendo al contrato de hombres para la misma función, quienes solamente hicieron de la disciplina un adiestramiento.

La educación de los niños en Francia se vio presente con la educadora madame Carpentier, quien se dedicó a mejorar las Salas de Asilo.

Ella por primera vez utilizó el término “Escuela de Párvulos”, nombre que adoptara el gobierno francés oficialmente en 1848. Se opuso rotundamente al Maximato, cuya consigna era “quien te quiere te hará llorar”, pidiendo que la dureza con que se trataban fuera sustituida por la dulzura y el cariño, tenía la experiencia que sin aplicar ningún castigo los niños eran cada vez mejores. Se esforzó por que los maestros comprendieran la importancia del respeto hacia los pequeños. Organizó grupos de 40 y 50 párvulos teniendo en cuenta su edad, se eliminó la disciplina rígida, se suprimieron las gradas y se colocaron en los salones bancas de dos asientos de diferentes tamaños. La educadora se dedicó a formar buenos hábitos y a observar a los niños, eliminando la enseñanza verbalista por una alegre y viva, el adiestramiento se trasformó en una verdadera educación.

En nuestro país también se hicieron varios intentos por educar a los niños menores de 6 años, el primero se presentó en la Ciudad de México al crear en 1837, en el Mercado del Volador, un grupo de párvulos en un local donde se cuidaba a niños pequeños mientras sus madres trabajaban. Posteriormente y con el mismo fin, en 1865, la emperatriz Carlota fundó “La Casa del Asilo de la Infancia”, nombrada 4 años después “El Asilo de la Infancia”, en donde los pequeños recibían alimento además de cuidado.

Este esfuerzo es digno de tomarse en cuenta como el primer intento oficial de brindar este servicio educativo en México.

 

1 Rivera de Pozos, (1966). Revista Educación n° 5. p. 10. Dirección General de Educación Popular del Estado de Veracruz.

2 Idem, p. 27

 

Centro de Investigación y Difusión de Educación Preescolar (CIDEP).